Capítulo 1. Qué significa “economía del sentido”

Capítulo 1

Qué significa “economía del sentido”

Hablar de economía del sentido significa partir de una constatación muy simple: hacer mundo cuesta.

Cuesta porque ningún sistema finito puede recibir todo lo que ocurre, sostener todas las variables a la vez, atender indefinidamente todas las señales ni dejar abiertas todas las posibilidades. Para poder habitar, un sistema tiene que seleccionar, reducir, fijar, dejar fuera, estabilizar y repetir. Sin esas operaciones no habría orientación, solo exceso.

Por eso el sentido no es un añadido posterior a una realidad ya dada. El sentido es la operación misma por la que el exceso del entorno se vuelve campo practicable. Gracias al sentido, algunas diferencias cuentan, otras no; algunas señales se vuelven urgentes, otras pasan al fondo; ciertos hechos se integran en una historia, otros se olvidan; unas vías de acción se consolidan, otras se abandonan. El sentido no adorna el mundo. Lo vuelve utilizable.

Pero precisamente por eso el sentido tiene una economía. Cada vez que algo se vuelve relevante, algo pierde relieve. Cada vez que una interpretación se estabiliza, otras se debilitan. Cada vez que una forma de nombrar triunfa, otras formas de traducir la experiencia quedan desplazadas o ni siquiera llegan a aparecer. No hay producción de sentido sin distribución de costes.

Eso significa que la economía del sentido no debe pensarse solo como una economía de ideas. Es también:

  • una economía de la atención,

  • una economía del tiempo,

  • una economía del cuerpo,

  • una economía de la traducción,

  • una economía de la coordinación,

  • y una economía de los cierres disponibles.

El cuerpo economiza porque no puede sostener activación indefinida. La psique economiza porque no puede integrar sin límite toda discrepancia. El lenguaje economiza porque comprime complejidad en formas repetibles. El sistema social economiza porque coordinar a gran escala exige reducir ambigüedad y abaratar respuesta.

Esto no es una degradación del sentido. Es su condición de posibilidad.

El problema aparece después: cuando esa economía deja de funcionar como condición de habitabilidad y empieza a funcionar como máquina de empobrecimiento. Es decir, cuando el sistema sigue produciendo sentido, pero lo hace a costa de reducir demasiado pronto el mundo que podría todavía corregirlo.

Por eso este volumen no se pregunta simplemente qué significa una cosa o cómo interpretar mejor la realidad. Pregunta qué cuesta sostener mundo sin comprar demasiado rápido su simplificación. Una época puede multiplicar información, explicaciones y lenguaje sin por ello ampliar su mundo. Puede incluso estabilizar mejor el sentido y, al mismo tiempo, reducir su corregibilidad. Ese es el punto exacto en que la economía del sentido se vuelve problema.

No cuando hay reducción (siempre la habrá), sino cuando la reducción se abarata tanto que el sistema deja de poder demorarse lo suficiente como para aprender de lo que no encaja.