Ciclo: Ciclo 1  ·  Volumen: Vol. VI — Pedagogía del borde

Interludio 2. ¿Qué tengo que hacer?

Interludio 2

¿Qué tengo que hacer?

La escena se repite tantas veces que casi ya no parece una escena. Alguien llega cansado, sobrecargado, con el cuerpo algo por delante de sí. Hay una conversación pendiente, una clase que preparar, un niño que no quiere vestirse, un correo sin responder, una decisión aplazada desde hace días o simplemente una sensación de que algo no encaja y ya está ocupando demasiado espacio. Y entonces aparece la pregunta:

¿Qué tengo que hacer?

La pregunta parece práctica. Y lo es. Pero no es solo eso. Muchas veces es ya un gesto de cierre.

No porque la acción no importe. Importa mucho.
No porque esté mal querer una salida.
Lo que importa es el momento en que la pregunta aparece y la función que cumple.

A veces “¿qué tengo que hacer?” significa:
no puedo sostener más tiempo esta indeterminación.
No puedo seguir cargando con esto sin una reducción.
Necesito una forma de continuidad, aunque sea estrecha.

La pregunta parece abrir una respuesta. Y a menudo lo que hace es pedirla de antemano en un formato muy concreto: clara, rápida, aplicable, ligera, sin demasiado resto. Una respuesta que alivie antes de reorganizar. Una respuesta que cierre un poco más de lo que la escena todavía podría tolerar si tuviera más margen.

Esto no convierte la pregunta en enemiga. La vuelve legible.

Una pedagogía del borde no responde simplemente sí o no. Tampoco glorifica la indeterminación. Intenta leer qué está ocurriendo en la escena para que esa pregunta haya aparecido de esa forma. ¿Falta latencia? ¿Falta cuerpo? ¿Hay demasiada carga? ¿Se ha estrechado la varianza? ¿La escena ya no puede traducirse sin pedir una salida inmediata? ¿La palabra “hacer” está ocupando el lugar de otra cosa que aún no ha podido aparecer?

A veces la respuesta correcta será muy concreta.
Dormir.
Parar.
No decidir hoy.
Bajar entrada.
Nombrar solo lo mínimo.
Reducir daño.

Otras veces la respuesta no podrá ser todavía una acción cerrada, porque lo primero que hace falta no es intervenir más, sino devolver un poco de mundo a la escena para que no toda acción salga ya de la misma estrechez.

Esto hace de la pregunta algo muy útil. No porque traiga la solución, sino porque delata el momento exacto en que el sistema empieza a comprar continuidad a base de reducción rápida.

Y ahí la pedagogía del borde tiene una tarea pequeña, pero importante: no responder tan deprisa como la escena pide cuando la prisa ya es parte del problema.