Ciclo: Ciclo 1  ·  Volumen: Vol. VI — Pedagogía del borde

Capítulo 4. Latencia del cierre

Capítulo 4

Latencia del cierre

Toda escena pedagógica trabaja con tiempo. No solo con el tiempo del reloj, sino con una forma más fina y más decisiva de tiempo: el intervalo durante el cual una diferencia puede seguir abierta antes de quedar fijada. A ese intervalo lo llamamos latencia del cierre.

La latencia no equivale a lentitud, ni supone ir despacio por principio, ni suspender toda decisión ni convertir la vacilación en valor absoluto, una escena puede ser ágil y, sin embargo, conservar suficiente latencia para que algo no quede resuelto demasiado pronto, y del mismo modo puede parecer tranquila y estar ya completamente cerrada desde el inicio. Lo que importa no es la velocidad exterior, sino si todavía existe un todavía no habitable.

Ese matiz cambia mucho la lectura pedagógica: una escena no se empobrece solo cuando recibe respuestas falsas o malas, sino también cuando las recibe antes de tiempo, de modo que una pregunta puede quedar aplastada por la explicación correcta, una emoción clausurada por su nombre, una duda convertida de inmediato en consigna y una fricción reducida demasiado rápido a conducta, error o gestión. En todos esos casos no falta sentido. Falta margen para que el sentido haga trabajo.

Por eso la latencia del cierre es una condición elemental de toda pedagogía del borde; sin ella el sistema sigue funcionando, sí, pero casi todo lo que aparece entra ya traducido a una forma disponible, la diferencia no tiene tiempo de reorganizar la escena y se vuelve enseguida respuesta, procedimiento, juicio o etiqueta.

Esto vale para el aula, la familia, la clínica, la institución y cualquier relación formativa: hay escenas donde la pregunta ya llega administrada, otras donde el silencio se vive como déficit y otras en las que el error debe resolverse tan rápido que no puede volverse experiencia; en todas ellas la latencia ha caído.

La latencia depende de más que de una decisión moral del sujeto o del docente: tiene cuerpo, carga, ruido, presión institucional y repertorio lingüístico, y por eso los sistemas fatigados, apurados, sobreexpuestos o con poca posibilidad de traducción tienden a cerrar antes, no tanto porque quieran cerrarse como porque sostener el intervalo cuesta, de modo que una pedagogía del borde no puede limitarse a “pedir más paciencia” sino que debe leer qué condiciones la hacen o la dejan inhabitable.

Esto no supone defender la suspensión indefinida: toda pedagogía trabaja también con formas, decisiones y momentos de fijación, la cuestión no consiste en no cerrar nunca sino en evitar hacerlo demasiado pronto, por eso a veces hará falta demorar una respuesta, otras introducir una forma provisional, otras retirar presión o simplemente callar unos segundos más,