Capítulo 21
No perder el mundo
Una pedagogía del borde no existe para producir más experiencias, ni para intensificar la sensibilidad, ni para oponerse en abstracto a toda forma de cierre; existe por una razón mucho más sobria y más difícil: para que el sentido no se abarate hasta el punto de dejar de recibir mundo.
No perder el mundo no significa salir del lenguaje, abandonar la técnica o vivir sin estructura. Eso no tendría sentido porque el mundo humano siempre aparece mediado por cuerpos, palabras, hábitos, vínculos, instituciones y cierres, y lo que este capítulo llama “no perder el mundo” es otra cosa: no reducir tan pronto y tan barato una diferencia que la escena deje de poder ser corregida por ella.
Una vida pierde mundo cuando todo lo que comparece entra ya convertido en:
-
Función,
-
Identidad,
-
Trámite,
-
Rendimiento,
-
Posición,
-
Diagnóstico,
-
O consumo rápido de relevancia.
Una escuela, una institución y un sujeto pierden mundo cuando —respectivamente— toda dificultad se vuelve enseguida evaluable y toda pregunta se decide por el formato antes que por la escena, cuando la institución ya no puede sostener nada que no sea inmediatamente legible como gestión, y cuando al sujeto todo lo que le ocurre le presenta ya una salida barata y casi nada conserva la fuerza de alterarlo de verdad.
Aquí se ve con nitidez el lugar final del libro: se trata de conservar un poco de margen para que la forma no agote demasiado pronto aquello que pretende organizar, y eso es, en el fondo, lo que una pedagogía del borde protege:
-
La posibilidad de que una escena todavía no haya sido del todo decidida,
-
La posibilidad de que el lenguaje no capture de inmediato todo lo que nombra,
-
La posibilidad de que el aprendizaje no se vuelva solo administración del repertorio,
-
La posibilidad de que la institución no compre continuidad solo a base de cierre barato.
No perder el mundo es, entonces, una tarea muy concreta: a veces consistirá en proteger silencio, introducir una palabra menos capturante, bajar ruido, devolver cuerpo, resistir un formato o aceptar una forma provisional que impida daño mayor; lo importante no es el gesto aislado sino que ese gesto conserve un poco de corregibilidad.