Ciclo: Ciclo 1  ·  Volumen: Vol. VI — Pedagogía del borde

Interludio 4. La escena sin aula

Interludio 4

La escena sin aula

La palabra pedagogía puede inducir a error si se la escucha demasiado rápido. Hace pensar enseguida en la escuela, en el aula, en la infancia, en el docente, en el alumno, en la institución educativa. Todo eso pertenece al problema y este libro no lo ha dejado de lado. Pero la pedagogía del borde no se agota ahí.

Porque una escena pedagógica no aparece solo cuando alguien enseña algo a otro. Aparece también cuando un sistema se encuentra consigo mismo y tiene que decidir qué hacer con una diferencia:

  • si la sostiene un poco más,

  • si la nombra demasiado pronto,

  • si la convierte en problema técnico,

  • si la moraliza,

  • si la reduce a identidad,

  • o si le deja el tiempo suficiente como para que reorganice algo.

En ese sentido, una parte importante de la pedagogía del borde no se juega entre profesor y alumno, ni entre padre e hijo, ni entre institución y sujeto. Se juega en la relación que cada uno mantiene con sus propios umbrales.

Uno también puede enseñarse a cerrar rápido.
Uno también puede administrarse con plantillas.
Uno también puede entregarse enseguida al resumen, a la etiqueta, al diagnóstico, al “ya sé lo que me pasa”, al “esto es ansiedad”, al “esto es frustración”, al “esto no es para mí”, al “tengo que resolverlo ya”.
Y del mismo modo, uno también puede aprender a no reducir tan deprisa, a no pedir a la escena una claridad que todavía no puede dar, a no decidir en rojo, a no convertir toda fricción en identidad.

Por eso la pedagogía del borde es también una práctica de sí.

No en el sentido antiguo de una interioridad soberana que se forma sola desde dentro. Tampoco en el sentido contemporáneo de la autooptimización. No se trata de producir una mejor versión de uno mismo, ni de gestionarse con más eficacia, ni de convertirse en experto de la propia subjetividad. Se trata de algo más sobrio: leer las condiciones bajo las cuales uno mismo está perdiendo margen y dejar de cooperar tan ciegamente con sus propios cierres baratos.

Esto vale para escenas muy comunes.

Cuando uno está cansado y quiere una respuesta total antes de haber podido traducir bien lo que pasa.
Cuando una incomodidad se convierte enseguida en diagnóstico.
Cuando un conflicto se moraliza antes de entenderse.
Cuando el cuerpo pide retirada y uno responde con más interpretación.
Cuando lo que hace falta es volver al fenómeno y uno se refugia en el resumen, en la teoría ya hecha o en la explicación que más calma.

En todos esos casos, uno no está fuera de la pedagogía. Está dentro de ella.

La diferencia entre educar a otro y trabajar consigo mismo no es, entonces, una diferencia absoluta de estructura. Cambian el vínculo, la posición, la alteridad y la escena. Pero el problema de fondo sigue siendo muy parecido: qué margen conserva un sistema para sostener una diferencia sin entregarla enseguida a su forma de cierre más barata.

Por eso este libro no debe leerse solo como una reflexión sobre la educación en sentido institucional. Debe leerse también como una práctica de atención al modo en que uno mismo:

  • acelera,

  • se simplifica,

  • se diagnostica,

  • se administra,

  • se narrativiza,

  • o se abandona a las formas más disponibles de continuidad.

La pedagogía del borde empieza en el aula.
Pero no termina allí.

También uno mismo es una escena.
También uno mismo puede perder mundo.
Y también uno mismo puede aprender a no reducir tan rápido lo que todavía no sabe del todo cómo habitar.