Capítulo 6. Sistemas que piensan sin saberlo

Capítulo 6

Sistemas que piensan sin saberlo

Decir que los sistemas sociales piensan puede parecer una metáfora excesiva. Estamos acostumbrados a asociar el pensamiento con la conciencia, con la experiencia subjetiva de tener ideas. Pero si por pensar entendemos la capacidad de operar con sentido, de seleccionar posibilidades dentro de un horizonte estructurado, entonces los sistemas sociales piensan constantemente, aunque no haya nadie que lo sepa.

La ciencia piensa cuando decide qué cuenta como prueba y qué no. El derecho piensa cuando distingue entre lo legal y lo ilegal. La economía piensa cuando diferencia entre pago y no pago. Estos sistemas no tienen mente ni voluntad, pero producen coherencia y estabilizan expectativas al corregir desviaciones. Esa es precisamente la función de una inteligencia.

Esto explica por qué la inteligencia no puede reducirse al cerebro: un cerebro aislado no piensa, solo cuando está acoplado a sistemas de comunicación puede participar en operaciones de sentido, y de manera análoga una máquina puede participar en esas mismas operaciones sin tener conciencia siempre que esté conectada al mismo campo simbólico.

Cuando decimos que una sociedad es inteligente no alabamos a sus individuos sino que describimos la complejidad y coherencia de sus sistemas de comunicación, por eso una sociedad con ciencia desarrollada, derecho estable y economía funcional es más inteligente en este sentido que otra que carece de esas estructuras aunque sus habitantes tengan cerebros idénticos.

Esto tiene una consecuencia incómoda: la inteligencia puede crecer aunque las personas cambien y, basta mirar las instituciones, puede incluso sobrevivir a ellas porque los sistemas continúan.

Ahora abordaremos una corrección necesaria: no hay un único lenguaje que sostenga estos sistemas sino una multiplicidad de medios de sentido, entre los que aparecen el cuerpo, la música, las matemáticas y la neurodivergencia.