Capítulo 5
El sentido no es significado
Cuando hablamos de sentido solemos pensar en significado. En lo que una palabra quiere decir, en lo que una frase expresa, en lo que un gesto comunica. Pero el sentido, en el marco que estamos construyendo, no es un contenido ni un mensaje. Es una estructura.
El sentido es lo que hace posible que algo pueda aparecer como algo. Es el campo de posibilidades dentro del cual una comunicación puede ser entendida, continuada o rechazada. No es lo que se dice, sino el espacio que permite que decir algo tenga relevancia frente a otras cosas que podrían haberse dicho.
Cada vez que una comunicación ocurre, selecciona una posibilidad y deja otras en el fondo. Cuando afirmo algo, podría haberlo negado. Cuando elijo una palabra, podría haber elegido otra. Cuando un sistema científico declara una teoría verdadera, podría haberla considerado falsa. El sentido es ese horizonte de alternativas que hace que una selección tenga peso.
Esto es crucial para comprender por qué los sistemas pueden ser inteligentes sin conciencia. Un sistema que opera con sentido no necesita saber lo que hace. Solo necesita poder seleccionar posibilidades de manera no arbitraria, de acuerdo con estructuras que hacen que unas continuaciones sean viables y otras no.
La ciencia, por ejemplo, no “entiende” en un sentido humano. Pero opera con una distinción muy precisa entre verdadero y falso. Esa distinción organiza sus comunicaciones, permite corregir errores, acumular conocimientos y producir resultados fiables. Esa es una forma de inteligencia.
El derecho hace algo similar con legal e ilegal. La economía con pago y no pago. El arte con obra y no obra. Cada sistema crea un campo de sentido que reduce la complejidad del mundo y permite operar en él.
El sentido no pertenece a las personas. Pertenece a los sistemas. Las personas lo experimentan, pero no lo producen. Cuando sentimos que algo tiene sentido, lo que ocurre es que nuestra conciencia ha sido acoplada con una estructura que ya estaba ahí.
Por eso el sentido puede cambiar históricamente. Cuando cambian los sistemas de comunicación, cambian los horizontes de lo posible. Y cuando esos horizontes cambian, cambia también lo que puede ser pensado, dicho o entendido.