Ciclo: Ciclo 1  ·  Volumen: Vol. V — Ética del borde

Capítulo 6. Narración y economía del sentido

Capítulo 6

Narración y economía del sentido

El lenguaje, por sí solo, no basta para sostener un mundo compartido, y para que la comunicación no se disuelva en fragmentos inconexos el sistema social necesita relatos. La narración es el dispositivo central de estabilización más que un adorno.

Narrar es reducir, y reducir no equivale a empobrecer sin más sino que hace posible una economía del sentido que permite continuidad comunicativa. La narración selecciona, ordena, jerarquiza, decide qué cuenta, en qué orden, desde qué punto de vista y con qué cierre provisional, y al hacerlo transforma la experiencia vivida (heterogénea, ambigua, contradictoria) en una secuencia que puede circular.

Toda narración opera bajo una restricción básica: no puede decirlo todo y debe elegir, y esa elección no es inocente porque está orientada por la sostenibilidad del sistema comunicativo. Los relatos que permiten seguir hablando, coordinando acciones y asignando responsabilidades tienden a estabilizarse, mientras que los que abren demasiadas preguntas o no ofrecen cierre suelen ser descartados, marginalizados o reabsorbidos.

La narración prioriza la sostenibilidad sobre la verdad, por eso las sociedades prefieren relatos claros incluso cuando simplifican en exceso: un relato incompleto pero manejable suele imponerse a una experiencia fiel pero inasimilable, y en ese sentido lo vuelve habitable.

El yo narrativo funciona igual: el "yo" opera como un formato que integra experiencias dispersas en una identidad relativamente coherente, y al narrarse el sujeto se vuelve comunicable, pero lo que no encaja en el relato personal tiende a silenciarse o reformularse. La experiencia queda subordinada al relato.

Cuando esto se repite, la narración deja de ser herramienta y se vuelve filtro. El sujeto aprende a vivir según lo que puede contar de sí mismo sin romper la coherencia narrativa. Lo que no encuentra lugar aparece como síntoma en el cuerpo o en la psique. La herida semántica se profundiza porque las palabras disponibles no admiten lo que se vive, más que por una mera ausencia de vocabulario.

A escala histórica sucede lo mismo: las grandes narraciones nacen para condensar alta complejidad y en su origen abren mundo, pero con el tiempo tienden a cerrarse y a transformarse en esquemas rígidos, oposiciones binarias e identidades fijas. Lo que empezó como apertura se convierte en norma, y toda narración que estabiliza un campo de sentido acaba, tarde o temprano, protegiéndose de la disrupción porque la complejidad que permitió su emergencia se convierte en amenaza.

Aquí la ética tradicional suele confundir la narración dominante con el bien, identificando lo moral con lo que encaja en el relato vigente, y esa confusión olvida que el origen económico del relato lo hace funcionar menos como reflejo fiel del mundo y más como una solución provisional a un exceso de sentido.

Abandonar los relatos sería imposible y destructivo; en lugar de eso este capítulo propone habitar el punto en que el relato ya no basta sin precipitarse a reemplazarlo por otro igualmente cerrado. La narración es necesaria, pero cuando se convierte en su propio criterio deja de orientar y empieza a exigir.