Capítulo 4
Malestar, disonancia y fatiga de sentido
Cuando el afecto deja de ser episódico y la psique ya no logra absorberlo, el malestar aparece como persistencia, más que como un acontecimiento puntual; es una condición y el malestar no es un fallo inmediato del cuerpo ni una simple alteración psicológica, sino que resulta de una disonancia sostenida entre sistemas que ya no se acoplan correctamente.
No cabe reducir el malestar a un error individual; es un fenómeno estructural.
El cuerpo señala, la psique intenta estabilizar, pero el entorno (ya organizado narrativamente por el sistema social) sigue exigiendo coherencia allí donde la experiencia la ha perdido, y el sujeto psíquico queda atrapado en una tarea imposible: sostener un mundo que ya no se deja sostener.
La disonancia no aparece porque algo sea difícil, aparece cuando algo no encaja aunque siga funcionando; esta distinción es decisiva porque un sistema puede funcionar perfectamente y, al mismo tiempo, producir malestar creciente, de hecho muchos de los sistemas contemporáneos más eficientes son también los más generadores de fatiga.
La disonancia se produce cuando:
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El cuerpo indica límite.
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La psique intenta compensar.
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Y la narración social niega o minimiza esa señal.
Aquí aparece la fatiga de sentido, que no es simplemente una etiqueta sino una experiencia concreta del sujeto obligado a sostener interpretaciones inestables.
La fatiga de sentido no es cansancio físico, aunque pueda expresarse corporalmente, ni simplemente agotamiento mental; es saturación interpretativa, el sujeto está obligado a procesar continuamente un campo de sentido que cambia, se acelera, se contradice o se vacía sin disponer de narraciones suficientemente estables para sostenerlo.
Esta fatiga no se resuelve con descanso sino, si se resuelve, con una reorganización del sentido.
Por eso muchas soluciones contemporáneas fracasan al tratar el malestar como si fuera un problema de una sola capa (psíquica, corporal o moral), y de ese modo persiste porque el fallo no está en una sola capa sino en el acoplamiento entre ellas.
En ese punto se vuelve visible la herida semántica en sentido pleno, que ya no se reduce a una señal corporal ni a una vivencia psíquica muda sino que es la ruptura entre lo que se vive y lo que puede decirse sin quedar excluido, el sujeto siente que algo va mal pero no dispone de un lenguaje legítimo para nombrarlo sin quedar patologizado, culpabilizado o desautorizado.
La herida semántica no es solo individual sino también colectiva, aunque se experimente de forma privada: síntomas repetidos, malestares que se parecen, cansancios que se generalizan, pero el sistema social tiende a leerlos como casos aislados precisamente porque su economía del sentido no puede integrar el fallo sin cuestionarse a sí mismo.
La disonancia se cronifica cuando el sistema exige adaptación permanente a costa de la experiencia vivida y el sujeto aprende a soportar lo insoportable, a normalizar la incoherencia, a traducir el malestar en responsabilidad individual, en cuyo punto la psique ya no funciona como estabilizadora del sentido sino como amortiguador del daño.
Por eso la ética clásica se equivoca de primera pregunta cuando pregunta ¿qué debería hacer el sujeto? esa pregunta presupone margen, claridad y coherencia suficientes para decidir y, en condiciones de fatiga de sentido, esa presuposición es falsa; el problema no es la decisión sino el campo en el que decidir que se ha vuelto inviable.
Antes de preguntar qué es lo correcto, hay que preguntar:
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Qué sistema está fallando.
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Dónde se ha roto el acoplamiento.
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Y por qué el malestar se ha vuelto estructural.
Solo a partir de ahí tendrá sentido hablar de ética, entendida no como norma sino como respuesta a una disonancia real.
Este capítulo prepara el terreno para el siguiente desplazamiento, que implica la entrada plena del sistema social, del lenguaje y de la narración como estructuras de estabilización y a la vez como fuentes de nuevas rupturas.