Parte I - El medio: sentido y alteridad
Capítulo 1
El mundo no es un conjunto de cosas
Un hombre camina por una calle tranquila. No está pensando en nada especial. El suelo es firme, el aire es normal, el día es ordinario. Entonces, a pocos metros, aparece un dinosaurio caminando hacia él.
No una imagen ni un recuerdo: un cuerpo grande, con volumen, movimiento y peso.
Durante una fracción de segundo no hay ideas ni historia natural, ni paleontología ni 65 millones de años, y el cuerpo ya se ha puesto en movimiento antes de que el pensamiento llegue, el corazón se acelera, los músculos se tensan y la trayectoria cambia, el mundo se ha vuelto peligro.
Solo después, cuando el cuerpo ya se ha apartado, aparece el yo: "es un disfraz", y con él la risa, el alivio y la reconstrucción del sentido.
Ese retraso no es un fallo, es la estructura misma de la conciencia.
El mundo no aparece primero como conjunto de hechos, sino como campo de expectativas que pueden romperse. El dinosaurio importa menos por lo que es y más por su capacidad para romper la normalidad.
Lo mismo ocurre con un perro: ante una forma grande que se mueve de manera inesperada huye, porque no sabe qué es un dinosaurio pero su cuerpo sí registra que ciertas configuraciones de movimiento y tamaño han precedido al daño, y por eso el mundo aparece como mundo de peligro.
La ameba no huye de lo imposible, ajusta su química y no hay sorpresa ni mundo, solo entorno.
La colonia de hormigas puede dispersarse, pero ninguna hormiga descubre que algo "no debería estar ahí"; el sistema responde sin punto de vista.
La inteligencia artificial puede clasificar la imagen del dinosaurio e incluso reconocer el disfraz, pero no huye: no hay cuerpo que salvar y no hay mundo que pueda romperse.
Esta escena revela algo fundamental: el mundo consiste menos en lo que está ahí y más en lo que puede fallar para alguien.
Eso es lo que llamamos sentido.
En VOLI (<em>Homo Fabulensis</em>) el sentido apareció como narración que vuelve habitable un mundo excesivo.
En VOLII (<em>No pensamos, somos pensados</em>) apareció como medio sistémico que precede al sujeto y organiza lo pensable.
En este volumen el término no cambia, pero sí el plano en el que se deja ver. Y esto es importante. El sentido aparece como mundo vivido (en la psique, antes de cualquier Yo consolidado), como campo de expectativas que puede fallar y, por eso mismo, como condición de posibilidad de la conciencia.
El uso que aquí se hace del término "sentido" no introduce una distinción artificial: el lenguaje cotidiano ya opera con ella sin necesidad de definirla, decimos "esto no tiene sentido" cuando el mundo deja de orientarnos, "he perdido el sentido" cuando se rompe la continuidad de la experiencia y "es de sentido común" cuando algo se reconoce dentro de un campo compartido, son modos de uso que el lenguaje distingue por sí mismo y que este libro sigue con rigor allí donde ya se practican.
Una calle tranquila no es una lista de objetos sino una promesa de normalidad, lo sabemos bien porque basta un sobresalto para que esa promesa se rompa, como ocurre cuando aparece el dinosaurio.
La conciencia comienza ahí: cuando ese tejido se rompe y algo aparece como relevante, y antes de cualquier yo, antes de cualquier pensamiento, antes de cualquier lenguaje, está el cuerpo diciendo "esto importa".
Desde aquí podemos empezar a hablar de sistemas, de sentido y de alteridad. Porque el mundo, como la conciencia, no es algo que tengamos dentro. Es algo que ocurre entre nosotros y lo que puede dañarnos.