Capítulo 3. Comunicación: el sentido como medio social

Capítulo 3

Comunicación: el sentido como medio social

Si el sentido fuese algo que ocurre “dentro” de una mente, la conciencia sería un problema privado. Bastaría con describir experiencias internas, mapear estados cerebrales, o refinar la introspección. Pero lo que acabamos de fijar es lo contrario: el sentido es un medio, y en el caso humano ese medio no se sostiene en la cabeza, sino en la comunicación.

Aquí conviene ser radical, porque la radicalidad es la única forma de ser preciso.

En la tradición luhmanniana, la sociedad no está hecha de personas. Está hecha de comunicación. Las personas, con sus cuerpos y sus vidas psíquicas, existen, por supuesto; pero no constituyen el tejido social como unidades de ladrillo. Lo social se reproduce cuando un acto comunicativo enlaza con otro, cuando una expectativa se confirma o se rompe y esa ruptura o confirmación genera nuevas comunicaciones.

Esto, en un primer vistazo, parece deshumanizador. En realidad es lo contrario: es el único marco que permite entender por qué la herida humana no es solo corporal, sino semántica.

Porque si el sentido vive en la comunicación, entonces lo que hiere o sostiene no es solo lo que me pasa, sino lo que se dice, lo que se presupone, lo que se espera de mí, lo que se reconoce o se niega. El mundo humano está hecho de estas operaciones: reconocimiento, exclusión, promesa, acusación, perdón, rumor, silencio. Y cada una de ellas no es un “contenido” mental. Es un evento en el medio social del sentido.

Para entender la conciencia y la autoconciencia humanas, por tanto, no basta con describir el cuerpo ni la mente. Hay que describir el acoplamiento: cómo un organismo vulnerable y un sistema de comunicación se engranan hasta producir a alguien.

Luhmann lo formula con una precisión que aquí nos interesa: la comunicación no es transmisión de información de una cabeza a otra. La comunicación es una síntesis de tres selecciones:

  1. Selección de información: algo se destaca como relevante.

  2. Selección de enunciado: se elige una forma de decirlo (tono, gesto, palabra, silencio).

  3. Selección de comprensión: el otro entiende algo, que puede coincidir o no con la intención.

Cuando estas tres selecciones se encadenan, el sistema social se reproduce. Y en ese encadenamiento nace una cosa decisiva: la expectativa.

Porque donde hay comunicación hay posibilidad de malentendido.
Y donde hay posibilidad de malentendido hay riesgo.
Y donde hay riesgo aparece un campo de vigilancia semántica: lo que se puede decir, lo que conviene callar, lo que queda como deuda, lo que queda como marca.

La comunicación produce sentido porque estabiliza distinciones y las mantiene en el tiempo. “Esto es correcto”, “esto es ofensivo”, “esto es ridículo”, “esto es admirable”. No importa si esas distinciones son verdaderas en un sentido absoluto. Importa que organizan el mundo.

El lenguaje, aquí, no es solo un instrumento útil. Es la tecnología de estabilización del sentido. Y esa estabilización tiene un efecto ontológico: hace que el mundo sea un mundo compartido.

Sin comunicación, un organismo puede tener entorno. Puede tener afectos. Puede incluso tener vínculos. Pero el mundo humano es otra cosa: un espacio donde la alteridad no es solo presencia física, sino presencia interpretativa. El otro no es solo alguien que puede morderme o ayudarme. El otro es alguien que puede definirme, juzgarme, nombrarme, dejarme fuera, sostener mi historia o romperla.

Por eso la autoconciencia humana crece en el campo social. No es que el yo aparezca primero y luego entre en sociedad. Es al revés: el yo es una solución de coherencia exigida por el campo social.

En términos estrictos: el yo es un mecanismo de compresión narrativa que permite responder a expectativas ajenas, anticipar reacciones, gestionar reputación, sostener promesas, explicar errores, pedir perdón, defenderse. Es decir: el yo nace como interfaz entre organismo y comunicación.

Volvamos un momento a la escena del dinosaurio, porque en ella se ve el paso de lo corporal a lo social.

La huida inicial es corporal.
Pero la risa posterior es social.

La risa no es solo alivio fisiológico. Es reintegración en un mundo compartido: “ah, era esto”. La risa dice: “la normalidad se restablece”. Y esa normalidad no es solo física. Es semántica: un disfraz es una broma, una broma es un código, un código es un acuerdo implícito de comunidad.

Aquí se ve la diferencia entre un perro y un humano. Un perro puede pasar del susto al alivio, pero difícilmente pasará al registro simbólico de la broma como pacto social. El humano sí, porque el humano vive dentro de un sistema de comunicaciones que transforma el error en relato y el peligro en escena.

Eso significa algo profundo: para el humano, el mundo no es solo lo que ocurre, sino lo que puede ser contado, juzgado y recordado por otros. Y esa posibilidad de ser contado es ya una forma de herida potencial. No porque el humano sea débil, sino porque su existencia es pública en el sentido fuerte: existe ante la mirada.

Aquí aparece una idea que conecta directamente con lo que ya formulamos: la vergüenza, la culpa y el rostro. No son añadidos psicológicos. Son fenómenos estructurales de un sistema donde la comunicación produce sentido y donde el yo es un módulo de compresión para sobrevivir a ese campo.

La consecuencia para nuestro proyecto es clara:

Si queremos una anatomía de la conciencia, no podemos definir la herida solo como dolor corporal. Debemos incluir la herida, la cicatriz social: la marca que queda cuando el sistema de comunicación altera el mundo propio de un organismo.

Y si queremos distinguir conciencia de autoconciencia, debemos decirlo con precisión:

  • Conciencia: que algo importe dentro de un campo de sentido.

  • Autoconciencia: que importe que me pase a mí dentro de un campo de comunicación donde mi historia puede ser reconocida o negada.

Esto nos prepara para el siguiente paso: la alteridad no solo como “otro organismo”, sino como estructura productora de mundo. Porque donde hay otro hay expectativa, juicio, promesa, deuda. Y ahí, exactamente ahí, el mundo humano se vuelve más grande… y más frágil.

Es importante decir que partir de aquí puede empezarse a ver un movimiento que no remite ya a la conciencia como fenómeno aislado, sino a un proceso más amplio de reorganización. Cuando el mundo deja de encajar con lo esperado, la psique no puede sostener indefinidamente la disonancia y se ve obligada a operar un reajuste narrativo que restablezca una mínima habitabilidad. En ese gesto (recurrente, situado e históricamente condicionado) el yo no actúa como origen, sino como resultado: una condensación provisional del sentido que permite seguir operando tras la herida. Sin haber sido aún descrito en sus formas concretas, aquí se hace ya visible un proceso de individuación, entendido no como despliegue de una identidad interior, sino como reconfiguración forzada del yo bajo presión del campo de sentido disponible, un proceso que solo podrá comprenderse plenamente atendiendo a sus cierres, a sus costes y a sus consecuencias éticas y pedagógicas.