Interludio. Educar es distribuir la alteridad.
Dos niños se detienen ante el mismo arbusto.
No hace falta imaginar que uno venga del campo y otro de la escuela como si encarnaran dos mundos puros; basta con que hayan sido formados bajo regímenes de atención distintos, el primero no sabe todavía muy bien qué tiene delante: mira, toca una hoja, retrocede un poco, vuelve a acercarse, y lo que comparece aparece como una presencia vegetal todavía abierta más que como una categoría, una alteridad que aún no ha sido del todo distribuida por el lenguaje, mientras que el segundo, en cambio, ve casi enseguida otra cosa —arbusto, planta, especie, borde del camino, unidad clasificable— porque el campo en que esa diferencia comparece ya viene más trabajado.
Eso importa porque el aprendizaje no cambia solo lo que un sistema sabe del mundo sino también cómo el mundo puede comparecer, no añade simplemente nombres a una experiencia previa y desnuda sino que reorganiza relevancias, estabiliza recortes, distribuye umbrales de atención y vuelve más probables ciertas rutas de cierre que otras, y después de cierto aprendizaje la alteridad ya no llega igual sino bajo una forma más preparada para ser tratada.
No conviene caer en un malentendido fácil: aquí no hay una defensa sentimental de lo originario, ni una nostalgia del campo ni una condena simple de la escuela; tampoco existe una mirada pura anterior a todo cierre y, sin esos procesos de reducción y fijación, no habría orientación sino exceso, de modo que el niño que todavía no clasifica no vive en una verdad superior sino en otro régimen de comparecencia, uno donde la diferencia aún no ha sido tan rápidamente absorbida por una plantilla disponible.
La cuestión no enfrenta naturaleza contra cultura sino que apunta a qué tipo de mundo se fabrica cuando ciertas formas de cierre se abaratan y se vuelven dominantes, porque una educación no transmite solo contenidos sino que organiza un paisaje de atractores, hace más accesibles unas vías de encaje, más legítimas unas respuestas, más inmediatas unas clasificaciones y más improbables otras, y educar es también sedimentar rutas por las que la experiencia podrá ser recibida sin tener que recomenzar desde cero cada vez.
Dicho con más precisión: educar consiste, además de enseñar qué pensar sobre algo, en enseñar bajo qué forma algo debe comparecer para poder entrar en el circuito de lo pensable.
Ahí aparece el punto decisivo: el niño no aprende solo la palabra “arbusto” sino que aprende también que esa presencia debe cerrarse con relativa rapidez como algo identificable, aprende una velocidad de captura, una economía de atención y que lo que aparece no debe durar demasiado como borde, como indeterminación, como alteridad todavía trabajable sino convertirse pronto en unidad legible, y cuando esa operación se repite una y otra vez no produce simplemente conocimiento sino que produce mundo.
Por eso dos sistemas pueden estar ante “lo mismo” y, sin embargo, no habitar el mismo campo de aparición.
Uno recibe todavía una diferencia amplia, más lenta, menos decidida,
Otro recibe ya una forma recortada, más rápida, más tratable, más compatible con continuidad.
Ninguna de esas operaciones es en sí ilegítima porque la ilegibilidad total no educa y la captura demasiado pronta impide aprender del todo, de modo que entre ambas se juega una política de comparecencia.
Toda pedagogía decide esa política antes incluso de explicitarse como doctrina, pues decide cuánto tiempo puede durar una diferencia antes de ser corregida, si una presencia será hospedada como pregunta o reducida enseguida a respuesta, si el lenguaje llega para abrir trabajo o para evitarlo y, en suma, si el mundo podrá todavía comparecer como algo que reorganiza o si comparecerá ya dentro de un repertorio de cierres demasiado disponibles.
Aquí la educación se vuelve visible como problema del Volumen XI.
Porque el destino de la diferencia depende no solo de su intensidad ni de la inteligencia del sistema que la recibe sino también del medio bajo el cual esa diferencia entra, del repertorio de cierres ya sedimentado y del coste de sostener un intervalo antes de decidir qué es eso que aparece, y allí donde una pedagogía hace demasiado barato el cierre el mundo gana legibilidad pero pierde revisabilidad, mientras que cuando toda diferencia debe llegar ya clasificada el aprendizaje puede continuar como acumulación y, sin embargo, debilitarse como reorganización real del sentido.
Así, el problema deja de ser que el niño “sepa demasiado” y pasa a ser que el sistema pueda empezar a permitir que nada comparezca más que bajo la forma que ya sabe tratar.
Y quizá ahí se juegue una de las preguntas más difíciles de este libro: además de qué aprende un sistema, cuánto puede todavía tolerar en formas de aparición antes de decidir demasiado pronto qué es aquello que tiene delante.