Capítulo 7. Gobernar el sentido

Capítulo 7

Gobernar el sentido

A lo largo de este libro hemos seguido una intuición simple.

El mundo es demasiado complejo para ser habitado directamente, y para poder orientarnos dentro de él necesitamos reducir su complejidad, seleccionar ciertas diferencias y dejar otras en segundo plano. Esa operación produce lo que llamamos sentido.

Gracias al sentido el entorno se vuelve mundo.

Toda reducción deja fuera parte de lo real, y ese resto no desaparece: permanece como diferencia latente que el sistema debe integrar continuamente.

Mientras el sistema posee suficiente reserva adaptativa, esa diferencia puede transformarse en aprendizaje. Las discrepancias reorganizan el campo de sentido y el mundo permanece habitable.

Pero cuando ese margen comienza a reducirse la dinámica cambia y el sistema sigue produciendo interpretaciones mediante cierres cada vez más rápidos, de modo que la diferencia se vuelve difícil de sostener y la discrepancia se resuelve mediante simplificación.

En ese punto aparecen las patologías del sentido.

El sistema continúa funcionando, pero pierde progresivamente su capacidad para reorganizar el mundo frente a nuevas diferencias, y la estabilidad se preserva a costa de estrechar el campo de experiencia que puede ser integrado.

La fragilidad emerge precisamente en ese desplazamiento y revela que el sentido no desaparece, sino que el margen que permite reorganizarlo se vuelve cada vez más estrecho.

La cuestión es cómo se produce ese cierre, porque un sistema que cierra demasiado rápido reduce el mundo que puede habitar mientras que un sistema incapaz de cerrar queda atrapado en una ambigüedad que paraliza la acción.

Entre ambos extremos aparece el espacio donde el sentido puede reorganizarse.

Ese espacio está definido por los umbrales del cierre.

Gobernar el sentido consiste en mantener el intervalo que permite a la diferencia reorganizar el campo de sentido antes de que el sistema se vea obligado a simplificarla, no en producir interpretaciones definitivas ni en eliminar la ambigüedad.

La cuestión central pasa de qué interpretaciones debemos adoptar a qué condiciones permiten sostener ese intervalo.

Un sistema con suficiente varianza interpretativa puede explorar distintas configuraciones de sentido, uno que dispone de tiempo para sostener la ambigüedad puede reorganizar sus narraciones, y uno que mantiene abierta la relación entre experiencia y comunicación puede traducir la diferencia en nuevas formas de comprensión.

En esas condiciones la fragilidad no desaparece, pero se vuelve habitable.

Más que una debilidad, la fragilidad señala que el mundo sigue excediendo las interpretaciones que lo organizan.

Si el mundo coincidiera completamente con nuestras interpretaciones no habría diferencia que reorganizar ni experiencia que transformar, y el sentido no tendría historia.

Por eso la pregunta final de este libro es cómo habitarla.

En ese espacio se decide el destino del sentido y también el del mundo que somos capaces de habitar.